Mexicali no es una ciudad que sea recordada especialmente por su arquitectura, pero en mis recorridos a pie por el centro de la ciudad o en colonias como la Nueva o Pueblo Nuevo (que, irónicamente, son viejísimas), no puedo más que sentirme seducido por esas construcciones mezcladas caóticamente entre diferentes estilos.



No es ningún secreto que abundan los restaurantes de comida china por todas partes (muchos de ellos buenísimos). Los podremos identificar en su mayor parte por los techos de teja roja, y las esquinas curveadas hacia arriba. Los letreros también tienen cierta forma característica y algunos garabatos en chino que siempre me han intrigado. En los interiores abundan con frecuencia las figuras doradas, verdes y rojas, Budas, dragones, peceras de peces ojones, persianas verticales y vasos amarillentos y translúcidos.

Aunque claro, muchos restaurantes ya abandonaron todas estas convenciones y prefieren tener un estilo totalmente neutro, de manera que lo único que delata el giro del lugar es el menú. Como el famoso Café Azteca a un lado de la catedral. Comida China en un café Azteca, digno de verse.



Dejando a un lado la influencia china, por la avenida Reforma encontraremos casas y edificios que parecen ya parte de California por su construcción. Me refiero a aquellas casas que tienen techo de dos aguas, tejas color marrón, y un pequeño “porche” en la entrada, al cual se llega subiendo unos tres escalones. Una especie de techo que funciona como recibidor en el exterior de la casa, que generalmente tiene una pequeña banca o sillas mecedoras. Todavía quedan algunas que están hechas de madera.



El merendero Manuet es el epítome del restaurante cincuentero, donde no sería nada raro ver a una mesera en patines llevando nuestra orden hasta nuestro automóvil convertible.



Algunos edificios del centro de la ciudad y del pueblo de Caléxico todavía son herederos directos del viejo oeste. Desde las calles, planas, rectas, amplias, hasta el estilo de paredes planas con ventanas uniformes y rectangulares.



Por eso me gusta mucho caminar por esas colonias que mencioné, me gusta ver los edificios. Y para rematar con un clissé horrendo: No sé nada de arquitectura, pero sé lo que me gusta.

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