Los colores siempre traen de compañía la fama que los supersticiosos les otorgan, incluso hay quien ha dicho que cada tono nos provoca alguna reacción determinada en el cerebro, psicólogos se llaman, y son los encargados de hacer complicado lo sencillo. Pero la historia en esta ocasión poco tiene que ver con polémicas cromáticas porque aquí el color negro, a pesar de evocar lo fúnebre y el pecado, que de este ultimo no tenemos la certeza de si en verdad existe o es otra complicación en la vida impuesta por los sacerdotes, que son otro tipo de psicólogos, tiene que ver mas con la contabilidad, tan terrible como parece, el negro significa buenas noticias, es el color del superávit, la ganancia, y no hay día en que haya más ganancia para los que venden que un viernes negro.
Si algo enseña ese día que celebra el consumismo es a conocer la verdadera naturaleza del ser humano y como seres humanos que somos tampoco escapamos del análisis, en la fila de cientos es uno y nadie más, el resto es la selva. Se engaña, se traiciona, se abusa, se roba, se miente, vaya joyitas que somos, dirían los misántropos, los que buscan cualquier pretexto para contagiar al mundo de su pesimismo, pero nunca falta el humanista que nos trae la esperanza, que puede demostrar los pequeños ejemplos de filantropía azarosa que se observan en las interacciones humanas: el consejo bien intencionado, la ayuda espontánea, la empatía por injusticias ajenas, en fin, todo eso a lo que se acude cuando queremos salvar a la especie de la condenación. Tampoco puede faltar la opinión del naturalista que sentencie sin más discurso: somos animales y como tales nos comportamos, la diferencia es que de quién sabe qué lugar conseguimos la inteligencia para ser mejores y sin querer se coló con ella la estupidez que nos hace peores, una prueba más de la dualidad del universo, que esto último ya no lo dijo el naturalista, sino algún metafísico que escuchaba en la fila.
Debemos decir con justa verdad, nosotros que estuvimos ahí para vivirlo de primera mano, que nos presentamos esperando lo peor de las personas, predispuestos a la batalla por el mejor precio, con la idea que pone en disyuntiva el comportamiento a seguir de presentarse el evento en el que sólo la malicia y la traición podrán cumplir el objetivo, pensamiento diminuto ciertamente y censurado al instante, pero no por eso es menos reprochable, no señor.
Lo mejor en estos casos donde se presentan diversos puntos de vista, todos válidos y comprobables, es acordar lo que siempre se acuerda y nadie puede negar, ni muy muy ni tan tan, hay de todo en la viña del señor, dicen las abuelas, pues que entonces el señor se fije qué es lo anda sembrando y venga a cosechar ese agosto que viene prometiendo desde hace no se cuánto, si es que un señor hay que se haga responsable de la viña, quizá entendió el grito aquel de la tierra es de quien la trabaja y decidió marcharse, dejándonos la parcela entera.
El viernes negro es todo así, un simulacro de naturaleza humana, donde se ve a escala inofensiva de lo que somos capaces, de lo mejor y peor de nuestro ser, un ensayo de comportamiento social ante alguna contingencia, y disculpen si ya nos pusimos moralejos con tanto conducir hacia ningún lado, pero es bien sabido que prolongadas horas sin dormir nos vuelven erráticos, y quizá hasta hipócritas, porque mucho hablamos y hablamos pero salimos con lo que queríamos de ahí, contribuimos a pintar de negro los números del bendito capitalismo. ¡Muera el consumismo! ¿Puedo pagar la diferencia con tarjeta?
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