En noviembre de 2009 - o sea, antes de Los Temblores - me mudé a Saltillo, Coahuila, por motivos de trabajo. Ahora resido acá, en el noreste, en "el otro norte", el que está más cerca del México Central, aunque sigue estando relativamente lejos; solo así me toca comprender que si esta es una tierra relativamente lejana, mi Chicali está realmente en el extremo de la Patria, un apéndice de la mexicanidad.
O quizás, más que un apéndice, debería decir un capítulo por cuenta propia. Surge la tentación de nombrarlo sinopsis, ante la inmigración que, viniendo de toda la República, puso las manos para crear el imperio del algodón, junto con otros tantos inmigrantes asiáticos. Pero en verdad que Mexicali ha cobrado vida propia; no es una simple síntesis, pero sí una abrupta y complicada consecuencia de las (igualmente extremosas) mezclas que se dan aquí: de la inclemencia climática, de las ganas de salir adelante a fuerza de trabajo, de la simbiosis con la California estadounidense.
Ahora que vivo fuera de Mexicali, y si bien mi acento ha cambiado un poco, no puedo - ni quiero - dejar de lado mi "chicalidad". Mexicali es la ciudad que me crió, me forjó y me dio el temple de sus calores y sus fríos. Para el saltillense promedio, 28 grados es calor, cuando para mí es un clima que invita a salir a la calle. Con todo, mentiría si dijera que extraño el clima, y ni hablar de los tremores.
Mexicali es ahora para mí un hogar lejano, una presencia constante en el fondo de mi mente consciente y en la flor de mi subconsciente; es un lugar al que la tecnología me ha mantenido agraciadamente conectado, y sin embargo del que no puedo participar vivamente. No sé si volveré a vivir allá pronto, pero sé que si bien no extraño tanto a la tierra física, extraño mucho a mi tierra humana, a la gente que la forma, a mi familia, mis amigos y mi idiosincracia.
Por eso no renuncio a mi "chicalidad", antes bien, la llevo conmigo, permito que me represente en el mar de identidades en el que ahora convivo.
A mis paisanos, un fuerte abrazo.
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