Existe la belleza, sólo que a veces se nos disfraza, se resiste a que nos la topemos en los lugares donde la educación y el instinto nos dicen que debe estar: las flores, el mar, el sexo opuesto. ¡Qué fácil admirar todo eso! nos dice la belleza, si se me permite hablar por ella en esta ocasión, olvídense de los modales falaces del sentido educado, sáquense del pecho la mentira del buen gusto, también la hipocresía de la izquierda exquisita que yo hace mucho que dejé de vivir ahí. Búsquenme donde nadie más me haya visto, donde sólo pocos han podido encontrarme. Así nos dijo la belleza a las puertas de un bar en el centro de la ciudad.
Desafortunadamente, corriente como soy, no puedo hablar como lo hizo la belleza, pero sí como lo suelo hacer: con la misma habilidad que dos dedos de frente han sabido bien o mal otorgarme.
Ruido, aglomeraciones, vaho y sudores, olor a alcohol adulterado, seres poco menos que bestias berreando sus complejos, mujeres prostituyéndose por cerveza, marcas indelebles de orines y vómitos en el suelo, insectos escondidos tras la barra, entre las botellas y los vasos, esperando entre las grietas de la plomería en los baños. ¿Cómo estar cómodo en un lugar así? ¿Quién querría pasar su noche ahí? Fuera de cualquier cucaracha, creo que nadie. Pero a pesar de lo recién dicho, todos estos lugares, ubicados principalmente en el espacio conocido como zona hotelera, aunque encontrados también en diferentes puntos de la ciudad, y que cobran las minas del rey Salomón por su inmundicia, se llenan más allá de sus capacidades de alojamiento cada fin de semana, desde antes incluso.
Para ser justos tenemos que reconocer que los bares del centro de la ciudad no difieren mucho de los de las áreas finas de Mexicali, hasta en peores condiciones los hay, pero sí existe una diferencia al respecto: honestidad. Encontrarás la misma sustancia, la misma esencia viciosa del ser humano que encuentras por las madrugadas en la Benito Juárez, sólo que es abierta, pura y no busca venderte pretensiones estúpidas ni asaltarte con los precios del consumo.
En el centro de la ciudad ni la presentación ni el dinero ni el sexo ni la edad son motivo de discriminación, puedes ver a la gente bailando desde el clásico éxito de los Bukis hasta Black magic woman, desde Camilo Sesto hasta Vicente Fernández o The Cranberries. Igual la música proviene de una rockola como del grupo que viene llamándose conjunto juvenil desde hace no se qué tiempo ya.
Es un verdadero golpe a los sentidos la belleza de los hombres y mujeres que llegan también con sus mejores ropas, con el bigote recortado y los peinados que llevaron horas lograrse. Alegría pura, señoras y señores, nadie molesta a nadie, ninguno quiere sentirse más que otro porque a eso no se va sino a cantar, a olvidarse un poco y perderse en las reminiscencias de tiempos mejores o imaginarios; se va a encontrarse con el viejo que se emociona cuando escucha al joven cantar “lo que un día fue no será”, a elevar el vaso junto con el del joven que brinda por el viejo que simula tocar la batería en “ella usó mi cabeza como un revolver”.
Y al final: intoxicarse al abrir las puertas con el olor a madrugada, con el sabor que te queda después de vivir sin el traje parchado de inhibiciones, caminar por la banqueta sabiendo que encontrarás la mejor comida china a las tres de la mañana sin necesidad de avanzar más allá de un par de cuadras. Feliz manera de cerrar.
Bienaventurados los que me encuentran en cualquier parte, porque ellos heredarán el reino del poeta. Así nos dijo la belleza.