7ma columna de Sunshine II para la Voz de la Frontera, cortesía para este blog. Puedes descargar este artículo en PDF aquí.

En la edad media estuvimos a punto de quedarnos sin
cerveza. Hasta la piel se pone chinita nomás de imaginarme lo
que sería el mundo en nuestros días sin este vital líquido que
hace tan felices a millones y millones de seres humanos. Lo
paradójico de esto es que quienes salvaron al planeta de tal
hecatombe fueron los mismos que siglos después lo condenarían
airadamente: los católicos. O sea que podemos afirmar quede
alguna manera fue la intervención divina lo que nos salvó de
semejante tragedia.

La edad media trastocó en muchos sentidos el orden social.
Muchas de las costumbres y prácticas comerciales de la época
fueron afectadas y entre ellas, evidentemente, estaba la
agricultura y por ende la producción de granos y cerveza. Las
abadías cristianas se convirtieron entonces en centros agrícolas
“protegidas” y además concentraron muchos de los
conocimientos científicos ente los que se encontraba la
producción de cerveza. Básicamente la producían por tres
razones. La primera porque constituía un excelente alimento para
los mismos monjes, sobre todo en las épocas cuaresmales de
ayuno en las que no podían probar alimentos sólidos. El consumo
dentro de esos centros religiosos alcanzó volúmenes
impresionantes, ya que a cada monje se le permitía que tomara
hasta cinco litro de cerveza diarios. La segunda razón es que se
usaba como alimento para los muchos peregrinos que huyendo
de las guerras y las persecuciones frecuentemente tocaban a las
puertas de las abadías. Y la tercer razón, y quizá la más
importante, fue que resultó ser una excelente fuente de
financiamiento para esas comunidades religiosas. La venta en las
cantinas de las abadías permitió a los monasterios acumular una
gran cantidad de recursos económicos que fueron muy bien
vistos y fomentados por las autoridades eclesiásticas. La censura
cristiana al alto consumo de bebidas alcohólicas, sobre todo de
los protestantes, es una postura relativamente reciente.

Actualmente todas las abadías que producen cerveza son
católicas romanas y son únicamente seis. Cinco de ellas se
encuentran en Bélgica: Chimay, Orval, Rochefort, Westmalle y
Sint Sixtus, en Westvleteren, y una en Holanda: Schaapskooi, en
Koningshoeven. Todas pertenecen a la orden Trapense
originalmente surgida en el monasterio Cisterciense de La
Trappe, Francia cuyos monges huyeron a Bélgica y Holanda
durante la revolución francesa. El término trapense es
legalmente una denominación de origen y no un estilo de
cerveza.

Todas las cervezas que estos monasterios producen tienen
una serie de características comúnes: son Ales de fermentación
alta y están acondicionadas en botella. Su sabor es fuerte y con
abundantes sedimentos de levadura, afrutados y aromáticos. La
mayoría son dulces aunque hay algunas secas. Estas cervezas
no son tan fáciles de encontrar en restaurantes (bueno…en
México yo diría que es imposible) aunque si vas a Estados Unidos
no está de más preguntarle al mesero si las tienen. Lo más fácil
es ir a tiendas especializadas, como BevMo en San Diego, donde
permanentemente encontrarás una o varias de estas cervezas
trapenses.

Es común confundir las cervezas trapenses con las
denominadas cervezas de abadía. Sin duda hay elementos que
las relacionan sin embargo éstas merecen por sí mismas un
artículo que en un futuro le dedicaré.
Recuerden: el mundo de la cerveza no termina en la tienda
de la esquina. Busquen, experimenten y sorpréndanse.

Por último quiero desearle la mejor de las suertes a mi
amigo y Cheve Meister Mariano Rayón, quien se dará un entrón
con nuestros amigos ensenadenses en su terreno en una plática
dedicada precisamente a las cervezas trapenses.

Por Sunshine II

Sunshine II es comunicólogo, publicista, rockero y amante de la cerveza de toda la vida. ¿Algún comentario? Escríbele a javier@doblearticulacion.com

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